viernes, 15 de mayo de 2009

1er. día de la novena (15 mayo)


LA MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA
(Benedicto XVI, Catequesis del miércoles 2 de enero de 2008)

«Madre de Dios», Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.
Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. En el concilio de Éfeso, del año 431 se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).
La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado «verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad» (DS 301). Como es sabido, el concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina. El capítulo se titula: «La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia».
El título de Madre de Dios es por el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.
Del título de «Madre de Dios» derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la «Inmaculada Concepción», es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la «Asunción»: no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.
Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. El puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de «Madre de la Iglesia».
Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. En el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Devoción de Domingo Savio a la Virgen María

Un curioso episodio da a conocer la ternura del corazón de Domingo Savio en su devoción a la Virgen. Los alumnos de su dormitorio decidieron hacer a sus propias expensas un hermoso altarcito que había de servir para solemnizar la clausura del mes de María. Domingo era todo actividad en esta obra, pero, cuando fueron después a recolectar la pequeña cuota con que cada uno debía contribuir, exclamó:
-¡Pues sí que estoy arreglado! Para estas cosas hace falta dinero, y yo no tengo ni un céntimo en el bolsillo. Y, no obstante, quiero contribuir con algo.
Fue, tomó un libro que le habían dado de premio, y tras pedir permiso, dijo:
-Amigos, ya puedo concurrir también yo a honrar a la Virgen; ahí está este libro. Saquen de él lo que puedan. Esa es mi contribución. Todos admirados colaboraron con otros libros y pequeñas cosas y se organizó una tómbola con lo que se hizo un magnífico altar.

¿Qué puedo hacer para honrar a María en este mes? No hacen falta grandes obras, sino un movimiento verdadero del corazón.

Novena a María Auxiliadora



Del 15 al 23 de mayo, una catequesis cada día

lunes, 11 de mayo de 2009

Coronación de María Auxiliadora en Córdoba, España



Don Pascual Chávez, IX sucesor de Don Bosco, ha visitado ayer 10 de mayo la ciudad de Córdoba, donde ha participado en los festejos en ocasión de la coronación pontificia de la imagen de María Auxiliadora, evento que ha tenido lugar en la histórica catedral-mezquita de Santa María de Córdoba.

Miles de fieles han abarrotado las calles de la ciudad para acompañar en procesión la imagen de la Auxiliadora hasta la catedral desde donde, una vez coronada, ha vuelto al santuario a ella dedicado.

La celebración Eucarística de la coronación ha sido presidida por Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, arzobispo coadjutor de Sevilla y administrador apostólico de Córdoba, y concelebrada, además del Rector Mayor de los Salesianos, por un centenar de sacerdotes, entre religiosos y diocesanos.

Don Pascual Chávez, al final de la celebración, ha subrayado el hecho de que la imagen de María Auxiliadora de Córdoba es la única, además de la de la basílica dedicada a la “Virgen de Don Bosco” en Turín, que ha recibido esta distinción pontificia.


sábado, 9 de mayo de 2009

Novena a María Auxiliadora

del 15 al 23 de mayo 2009
"Antes de lanzarme a cualquier empresa, rezo un avemaría"
(Don Bosco-MBe VI, 504)

lunes, 4 de mayo de 2009

viernes, 1 de mayo de 2009

Mayo, mes de María Auxiliadora

"La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora: corren tiempos tan tristes que ciertamente necesitamos que la Santísima Virgen nos auxilie para conservar y defender la fe cristiana" (MBe VII, 288)

Comienza el mes de mayo, tal vez medio inadvertido frente al desconcierto de la situación en nuestro país, pero con la confianza puesta en Dios, sin cerrar los ojos ante nuestra realidad, dispongámonos a celebrar con gozo un mes lleno de cariño a la Madre de Jesús y Madre nuestra. Por esto, Auxiliadora, es un título muy acorde a nuestros tiempos, tal como lo declaró Don Bosco.

Pues bien, en esta ocasión, les invito a reflexionar en el Auxilio de María no tanto en la salud, no tanto en la crisis económica o en la inseguridad y violencia que vive nuestro país... sino donde se juega la felicidad plena del ser humano: su VOCACIÓN.

La vocación entendida más allá de una mera elección profesional, sino como el diálogo constante entre Dios y el hombre, donde no se trata de hacer la voluntad de Dios, no entendida como caprichos divinos, sino como el lento caminar del ser humano en su desarrollo con el acompañamiento de Dios hasta que el hombre alcance su verdadera y plena libertad para amar, y así ser feliz.

En el camino del discernimiento vocacional, que comienza desde que adquirimos uso de razón hasta el momento de nuestra muerte, hay muchos obstáculos que no nos permiten vivir con felicidad nuestras opciones. La fragmentación interior, el ajetreo de la vida diaria, el ensordecimiento de nuestra conciencia, son entre otros, los problemas con los que todos nos enfrentamos en la búsqueda de nuestra unidad. Ahora bien, esa unidad humana, es requisito indispensable para poder escuchar la voz de Dios, como una voz capaz de transformar toda la existencia. Cuando Dios es recibido por un corazón fragmentado que no sabe lo que quiere, que hoy quiere algo y mañana no, que vive la vida como cápsulas disímbolas de situaciones, la voz de Dios resonará con alegría en algunas y será temida y vista como cruel verdugo en otras. "Mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" reza desde hace muchos siglos el salmo 86. La vocación es un delicado proceso de liberación.

En este camino, necesitamos de modelos y ayudas. Un modelo maravilloso es María de Nazaret, la joven que en su proceso vocacional supo abrirse para vivir lo inesperado, aceptando ser la Madre de Jesús, luego supo discernir la hora en que su Hijo tenía que manifestar la presencia de Dios en medio del mundo, cuando le pide más vino en las bodas de Caná, y bebe el amargo cáliz de la cruz de su amado Hijo, aceptando extender su maternidad hacia todos aquellos que él amó. Ahora, desde el Cielo, María es Madre y Maestra de los hermanos de su Hijo: los cristianos. Su intercesión en este camino, es una muestra del poderío de Dios capaz de sanar heridas, capaz de abrir corazones, capaz de dar sentido a la vida, capaz de perdón y de audacia.

El cetro de María Auxiliadora nos muestra no un imperio, sino una fuerza. María no manda, María acompaña. A ella, los cristianos elevamos la mirada, recordando que es Dios mismo quien la ha fortalecido como canta bellamente el Magnificat.

Al pedir fuerza en la vocación, no dudemos en pedirle que nos enseñe a ser audaces creyentes como ella, que no temamos decirle a Dios: "Aquí estoy!" Ya no pidamos a Dios por las vocaciones si antes no le pedimos por nuestra propia vocación. La vocación no es cuestión de pedir que llame a otros, sino de que nosotros le escuchemos.

María Auxiliadora, enséñanos a acoger la voz de Dios en nuestras vidas, aún en medio de nuestras contradicciones, pues sabemos al ver tu ejemplo, que para él, nada es imposible. Amén.